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Essays (37)

Aborto y Esclavitud

©William Gairdner

Translator,  Alexandra Perez

    Los regímenes democráticos de la antigüedad no hubieran resistido jamás un ataque a su derecho de definir a ciertas clases de seres humanos como no-personas, especialmente a sus esclavos. Tampoco lo resistirían las democracias modernas.  Para los hombres de la antigüedad, el admitir frente a los representantes de la ley que un esclavo podía ser capaz de actos tales como robar o cometer adulterio  hubiera significado tratarlo como un ser humano libre, un ciudadano y como consecuencia, alguien que goza de protección legal en contra de la esclavitud misma. Admitir esto hubiera significado el derrumbe de todo el sistema de esclavitud y es esta la razón por la cual los amos que se comportaban de manera demasiado afectiva con sus esclavos podían ser castigados por la ley, simplemente por considerar a sus esclavos en términos demasiado humanos.  Cato comía y bebía con sus esclavos y su esposa criaba a los hijos de sus esclavos, pero él, estrictamente, los compraba o los vendía igualmente.

     La importancia que esta ley basada en categorías ( y la sicología basada en categorías  con su correspondiente propaganda) tiene para  la pureza ideológica de todos los sistemas políticos  no debe ser subestimada. Los hombres de la antigüedad las usaban para justificar esclavitud y masacres. Algunas campañas genocidas modernas como por ejemplo las de Cambodia o África las utilizan para eliminar a toda una raza. Y, por supuesto,  los  sofisticados y muy bien educados proponentes de políticas públicas Nazis comprendían íntimamente la razón por la cual el estatus de no-persona es una necesidad:  permitía el asesinato de los discapacitados, el infanticidio  y el exterminio de toda clase de personas indeseables a manos de ciudadanos morales. La ley basada en categorías es una técnica que pretende transformar a sujetos humanos en objetos sin derechos  (o solamente con derechos especiales  y subordinados), con el propósito de soportar un régimen ideológico de algún tipo.  Los demócratas liberales modernos y sus hermanos liberales-azules se han embarcado en la misma causa.


     La abrasiva batalla moderna en torno al “derecho” al aborto  se ha convertido en un asunto decisivo en todas las democracias modernas por una razón: la futura madre, igualitaria y moderna, busca el irrestricto derecho a la libertad sexual y económica del varón y no puede tenerlo sin un control absoluto sobre el fruto de sus pasiones, cuyas cadenas no está dispuesta a soportar .   Por lo tanto,  y sin deseos de reconocer el asesinato,  pone todo su peso ideológico a disposición  del hecho de hacer que su hijo, aun no nacido, desaparezca legalmente y convirtiéndolo en lo que la historia mostrará como la forma más radical y perniciosa de las crudas leyes democráticas  que se han manifestado en la historia de la humanidad.

Esta lucha no se trata de bebés no nacidos. Se trata de una defensa febril y casi teológica de la ideología democrática igualitaria en contra de los mandatos  surgidos de la biología humana y la sociedad natural que brota espontáneamente de ésta. En pocas palabras, el argumento del derecho al aborto tiene la misma relación urgente con el mantenimiento de una democracia igualitaria que el derecho a tener esclavos tenía con las democracias de la antigüedad, o con el derecho de los arios a exterminar a los judíos. La paradoja, y la ironía para la mayoría de los liberales modernos (especialmente para judíos liberales) es que mientras condenan unánimemente y con altanero desprecio la esclavitud, defienden vigorosamente el derecho a abortar con un entusiasmo ciego, típico de aquellos que usan la ley basada en categorías.

   El meollo del asunto, se dice, es el conflicto entre los derechos de un mujer individual y los derechos de un hijo no nacido, pero este no es el punto.  El conflicto no es entre los derechos de dos individuos sino entre el derecho expreso de la mujer y el derecho de una comunidad, por lo tanto de un rango superior, de defender el derecho no expreso de un ciudadano no nacido. En la mujer embarazada, ambos derechos residen física y simbólicamente en el mismo cuerpo, pero como la democracia moderna se ha reducido a sí misma a ser solamente una lucha simplista entre derechos individuales que compiten entre si  y no reconoce ninguna autoridad moral mas elevada, la estrategia ha sido la de invocar a la ley basada en categorías a manera de negar la humanidad de un desamparado protagonista.  Esto, desde luego, es solamente la metáfora de los esclavos de Platón (la cual describe como cada uno de nosotros esta en peligro de ser esclavizado por sus propias pasiones)  en una nueva versión: este esclavo interno no es una pasión, sino el fruto de la pasión, convenientemente convertido en esclavo por la ley.


  En pocas palabras, la necesidad ideológica de una definición de un hijo no nacido dentro de una categoría distinta de la ley  que lo define como una no-persona ha evolucionado de nuestra necesidad febril de mantener una democracia igualitaria de la misma manera en la que la defensa del estatus de  no-persona de los esclavos era esencial para mantener la esclavitud y por ende la democracia antigua. La mayoría de los filósofos de la antigüedad, de Platón en adelante, insistían en que la democracia no era posible sin esclavitud. Tampoco lo es el igualitarismo democrático.  Una conclusión inescapable es que las naciones modernas liquidan anualmente cerca del veinte por ciento de sus potenciales ciudadanos nativos en nombre de los derechos y la pureza ideológica.

Por supuesto, la categoría de no-persona (en sus orígenes probablemente un instrumento de guerra) es una expresión legal de un marco moral mas fundamental de “los nuestros”/”los otros”, por medio del cual los seres humanos se han unido para enfrentar a quienes perciben como enemigos. Este concepto ha sido ampliamente utilizado por los estados totalitarios de nuestro tiempo para encarcelar con mas facilidad a sus propios ciudadanos (como enemigos internos), matarlos con gas y quemarlos, matarlos de hambre o de trabajo o simplemente, liquidarlos.


    La necesidad de un “juicio en sustitución”

    Esta estrategia excluyente es de una profunda importancia ideológica y económica para el estado benefactor moderno porque el estatus de “no-persona” conduce inmediatamente a la necesidad de los llamados “juicios en sustitución”, mediante los cuales un oficial del estado o algún otro profesionista licenciado puede tomar decisiones cruciales respecto a la educación, el tratamiento, las medicinas, la vida o la muerte por eutanasia de los objetos designados como no-personas. El estatus de no-persona y los “juicios en sustitución” que éste permite son esenciales a todo sistema político como un medio para evitar los poderosos contra-argumentos que la naturaleza presenta a la ideología. La naturaleza llama a la madre a llevar a cabo su función, mientras que la ideología la aleja para integrarla a las fuerzas armadas o a la oficina. La naturaleza dice que no hay dos personas iguales. La ideología igualitaria trata de hacerlas iguales. Debido al hecho de que en todas las democracias benefactoras de nuestro tiempo más y más aspectos de nuestra vida privada están gobernados públicamente, todo cae dentro de una competencia por un presupuesto escaso y la coherencia ideológica no podría mantenerse a menos que estas decisiones de gasto sean transferidas de manos privadas al control central del Estado. Esto significa que grupos o clases completas de ciudadanos pueden, potencialmente, caer en la categoría de víctima de las no-personas, y en cuyo lugar el estado ejercerá su juicio  para balancear sus presupuestos. Por ejemplo, en simples términos económicos , el argumento a favor del aborto del niño no-persona es abrumador. Es simplemente más barato abortar que gastar dinero del erario público para una madre soltera que recibe ayuda del gobierno. Alrededor de $400 dólares comparados con cinco años de ayuda del gobierno, a $10,000 dólares por año.

     Actualmente, por no permitir un desmoronamiento ideológico de un servicio financiado del erario publico como lo es la cobertura médica universal (medicare), los ciudadanos desesperados son obligados a esperar meses para recibir tratamiento. Muchos empeoran y mueren esperando el servicio. He conocido gente en Canadá, en donde contratar cuidados médicos privados es ilegal, que, para salir del predicamento, ofrece pagar de su propio bolsillo. Han sido rechazados y han muerto. Una cola por un servicio público es una manera de negar el tratamiento al tiempo que se sostiene la ilusión pública de un servicio igualitario.  De este modo, las democracias benefactoras sacrifican silenciosamente a sus ciudadanos para sostener su ideal. De igual manera para los ancianos. El estado tendrá, por desesperación económica, que categorizar a números cada vez mayores de enfermos ciudadanos frágiles como necesitados de un “juicio en sustitución”, para poderlos enviar con asesinos licenciados para cumplir con su política de eutanasia.  Esto es más de lo mismo para impedir la erosión de la ideología igualitaria. Este es el prototipo de la guerra presupuestal dentro de un estado benefactor y está profundamente relacionado con esclavitud en el sentido real de la palabra, ya que nadie es más esclavo o víctima que alguien definido previamente como una no-persona y luego entregado al gobierno para su disposición final.

El efecto filosófico- la gran ironía de nuestro tiempo

    Dondequiera que la democracia ha surgido, ésta ha comenzado como una práctica teoría política abogando por un mayor control de más personas y más libertades de restricciones externas, incluidas las restricciones duras de la misma naturaleza. Inicialmente la democracia significaba libertad de los reyes o de los feudales o maestros políticos. En el pasado más reciente ha significado libertad de leyes opresivas, controles de clase y tradiciones religiosas.
     En su forma igualitaria contemporánea y especialmente expresada en la forma de la teoría de la liberación sexual, la democracia ha llegado a significar la libertad de cualquier restricción moral impuesta. Puede ser que hoy en día signifique la libertad de elegir nuestro propio “estilo de vida” moral, sin importar los valores normativos de nuestra comunidad, o a veces aun en abierta oposición ellos.  De hecho, bajo este reinado democrático pluralista, los valores de otros son llamados  “juzgar”, vistos como un esfuerzo para esclavizar moralmente a los individuos libres e inherentemente buenos. En un extremo del espectro de este lenguaje libertario moderno (aunque se podría encontrar, muy criticado, en libertinos de la antigüedad también) es posible encontrar manifiestos promoviendo el incesto, la pedofilia y relaciones sexuales intergeneracionales como técnicas de ”liberación” social y moral de una sociedad “negativa hacia el sexo”. Claramente, esta noción de libertad democrática se mueve en una sola dirección: hacia la autonomía extrema del individuo y el repudio casi anárquico de una moral colectiva. Pero,  ¿ dónde terminará?
     La moralidad antigua ha sido puesta de cabeza.  Para los antiguos, la libertad del alma solo era alcanzable a través del  dominio y el control de uno mismo. El mundo externo, hecho en su mayoría de accidentes como el nacer, la guerra y la muerte, era incidental y no podía, y en principio, no debería influir en este poder de control. Control de uno mismo equivale a libertad.
     Para los modernos, tan adormecidos por la presunción democrática,  la libertad se deriva del  “liberarse a uno mismo’ y de la “expresión de uno mismo”, de un repudio al control de uno mismo por uno mismo (a riesgo de ser etiquetado como retrogrado) y especialmente por otros, quienes advirtiendo sobre ciertos comportamientos son acusados de estar “imponiendo” su autoridad social, moral o política.
     Pero la mayor ironía de los tiempos modernos , y una de las grandes paradojas de la democracia contemporánea, es que aunque el hombre moderno se imagina a si mismo  social, moral y políticamente libre,  su alegre interacción con el universo se da en términos completamente deterministas, que casi sin excepción lo describen como un esclavo o “producto” de alguna fuerza más allá de su voluntad.  Por ejemplo, este hombre moderno es sistemáticamente descrito como un producto de las condiciones sociales, y esta creencia sirve de base para casi todas la investigaciones modernas de las ciencias sociales. O se dice que es el juguete de fuerzas sicológicas internas (sicoanálisis de Freud) o en los ojos de un físico, como una combinación cuántica de materia pura, o, en los ojos del biólogo, un producto de la selección natural aleatoria de las leyes de Darwin.  Últimamente, las sociedades más ricas de la Tierra dicen estar desbordándose con cientos de millones de “co-dependientes” desamparados necesitados de ayuda y consejo inmediatos.
     Lo mismo es cierto para todo el monólogo político “progresista”, en el cual más millones de indefensas víctimas del “condicionamiento” social y económico son consideradas material para re educación o terapia, o necesitadas de “políticas” especiales redactadas y administradas por especialistas educados. Estos últimos forman el clero del fundamentalismo secular moderno y típicamente se ven a si mismos como sujetos que escaparon, por virtud de sus conocimientos especiales,  de esta falsa conciencia de la mente condicionada que ellos deploran ( y que ellos caracterizan infaliblemente como una f0rma de esclavitud). Ellos son élites, ya no esclavos, por virtud de su propia autodefinición.
     Así también para el Marxismo, esta teoría  tan difundida y perniciosa, de acuerdo a la cual todo el mundo desarrollado ha sido descrito como  la víctima  esclavizada de un proceso histórico inevitable y de un sistema capitalista opresivo y de clases que explota a la mayoría de las personas.
     La teoría moderna llamada “deconstructiva” , una sombra intelectual omnipresente y debilitadora de la narrativa Marxista, argumenta que  sistemas de poder de uno u otro tipo permean cada nivel de la sociedad humana y que aun los motivos más altruistas son de hecho estrategias diseñadas para afianzar dichos sistemas de poder con el fin de mantener a las masas esclavizadas a su servicio. Ellos urgen a la “liberación” de la humanidad cubriendo a la sociedad con carísimos programas de redistribución y justicia con la intención de revertir los efectos de la naturaleza y la sociedad a través de mandar el tratamiento diferencial de seres humanos que oficialmente deben ser considerados iguales.
     Resulta muy extraño e irónico que en estos tiempos de celebración de libertades democráticas nuestro  hombre, supuestamente no controlado por nada, se ve a si mismo más absolutamente, y más  que nunca en la historia, como un producto sumiso o una víctima de los procesos físicos y los ordenamientos del mundo.